Derivado del inglés «stress» (fatiga), es la respuesta emocional de nuestro cuerpo que recurre a diversos mecanismos de defensa ante una situación que se percibe como amenazante, frustrante o sencillamente activadora; en síntesis un “estado de alarma”.
Muchas situaciones cotidianas provocan que nuestro “estado de alarma” se active: cuando tenemos que presentar un proyecto o trabajo, la emoción por la victoria o el sonido del claxon de un automóvil. En todas ellas, se origina súbitos cambios fisiológicos, tales como el incremento y aceleración del flujo sanguíneo, sudoración, temblor, etc. que nos impulsa, que nos alerta. A este tipo de estrés se le conoce como estrés positivo, ya que es una respuesta natural e imprescindible para la supervivencia.
Cuando se habla de ‘estrés, nos referimos, por lo general, al estrés negativo que se presenta cuando la “alarma” se mantiene constante e indefinidamente activada; pues todos los mecanismos de defensa naturales están preparados para un corto plazo, desgastando así las reservas del organismo y produciendo diversas patologías simples o graves: trombosis, ansiedad, depresión, inmunodeficiencia, dolores musculares, insomnio, trastornos de atención y memoria, dolores de cabeza, sarpullidos, disfunción sexual, nerviosismo, dolor en el cuello y espalda, problemas de relaciones interpersonales, falta de respiración, subida o pérdida de peso y, más aún, con las defensas bajas, estamos más expuestos a contraer enfermedades virales o bacteriales o a detonar cualquier enfermedad por predisposición genética.
En resumen, el ciclo del estrés se inicia por el estímulo (factor estresante que desencadena el episodio y que pertenece al mundo exterior), una respuesta del cuerpo (activación de los mecanismos de defensa) y la interpretación que el individuo hace de la experiencia (adaptándose o desequilibrándose).
Por lo expuesto, si comprendemos que no somos simples marionetas manejadas por el azar o la vida, aunque los estímulos sean externos y que no necesariamente dependan de nosotros; si reconocemos que en toda experiencia estresante será la forma cómo enfoquemos el problema la que hará que esa situación nos fortalezca o nos debilite; y si aprendemos a reconocer cuándo un estrés es negativo y cómo afecta nuestra salud, nos ayudará a evitar situaciones que propicien hábitos y estilos de vida autodestructivos.
Aprendamos a “escuchar” y cuidar nuestro cuerpo para ponerlo al servicio de nosotros mismos, fortaleciéndolo y preparándolo para esta hermosa aventura que es LA VIDA.